martes, 27 de abril de 2010

Garcilaso de la Vega

Biografía


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Introducción
Por Mariano Calvo

Pocos autores de nuestra literatura cautivan de tal manera con el atractivo de su personalidad y la fresca lozanía de su obra como Garcilaso de la Vega, cuya temprana muerte en campaña vino a coronar de aureola legendaria una peripecia vital inquieta en la que se entretejen el amor y la muerte, la guerra y la poesía, consagrando al poeta toledano como arquetipo del ideal caballeresco del Renacimiento. Todavía hoy, el dulce lamentar de sus endecasílabos consigue conmover a los lectores modernos con asombrosa perennidad, y su puro y suave estilo bañado de naturalidad, la índole amorosa y doliente de su poesía y el juvenil carisma de su figura convierten a Garcilaso en uno de los protagonistas más entrañables de nuestra historia literaria.





Viajero frecuente entre España e Italia, Garcilaso supone para nuestra poesía la asimilación plena de la modernidad, la incorporación a la lírica española de la brillantez y elegancia de las formas renacentistas italianas y un golpe de timón estético hacia nuevos horizontes de laica belleza. En una España aún sumida en fórmulas literarias medievales, incapaces de hacer despegar la poesía castellana de añejas tosquedades, de la vulgaridad del romance o del artificio de la lírica de cancionero, Garcilaso irrumpirá con sus limpios y elegantes endecasílabos, poniéndolos como ramos de aroma paganizante a los pies de un obsesivo dios: el amor. De Italia nos traerá, en bandeja repujada de mitología, toda la luz renacentista de Toscana, el candor bucólico de Virgilio y el amoroso apasionamiento de Petrarca. Con él nos llegará el bucolismo tibiamente sensual de Salicio y Nemoroso, y el Tajo, de río prosaico y cotidiano, apto sólo para el riego de acequias hortelanas, se nos convertirá por la magia de sus versos en escenario olímpico de ninfas y pastores. El paisaje de Toledo ya no será el mismo después que Garcilaso lo pinte con el ingenuo encanto de un Botticelli literario. Hermosas ninfas y lánguidos pastores enamorados poblarán a partir de él las riberas del abrupto Tajo, y de su seno, resplandecientes de pagana belleza, emergerán de cuando en cuando Nise, Filódoce, Dinámene y Climene, «peinando sus cabellos de oro fino» y erotizando «el agua clara con lascivo juego».

No es su mundo poético el oscuro y trágico de las hogueras inquisitoriales, ni el de la opresión e intolerancia que observa a su alrededor, sino un ámbito idealizado donde reina el sueño escapista de un poeta rodeado de una realidad en gran parte desabrida. Desde esa perspectiva, su llamativo silencio en temas religiosos puede que nos esté informando soterradamente de las inquietudes de quien sabemos que, en el preludio de la represión contrarreformista, gustó de rodearse en Italia de amigos erasmistas y luteranos.

Nacido en una familia aristocrática, Garcilaso parecía abocado a una vida triunfante en el seno de la corte refinada que correspondía a una época iluminada del esplendor renacentista; pero sobre las circunstancias de su existencia gravitará determinantemente la personalidad militarista y ambulante de un rey-emperador, Carlos V, que arrastrará su biografía a largas itinerancias y conducirá sus pasos por el derrotero de la violencia bélica, en cuya profesión acabará sacrificándose después de dejarnos el alegato patético de tantos versos condenatorios. Su periplo existencial, aunque breve, aún le bastó para saborear las mieles del prestigio intelectual y el aplauso de sus méritos caballerescos pero también para sufrir las hieles del destierro, de las luchas civiles, de los conflictos amorosos y del desgarro por la muerte de su primogénito. Hay en su vida, a pesar de los externos brillos, como una oscura fuerza que, gobernando su destino, lo llevase por sendas de fatalidad, en búsqueda permanente e inútil de «lo que nunca se halla ni se tiene»:

«Así paso la vida, acrecentando
materia de dolor a mis sentidos».

Pero si breve fue su vida y no siempre respondió a la felicidad que su alta posición social y cualidades personales auguraban, la posteridad, en cambio, ha sido extraordinariamente pródiga con el toledano. Pocos autores han gozado como él de tan unánime reconocimiento póstumo ya desde los tiempos inmediatos a su muerte y difícilmente hallaríamos un poeta de tan poderosa influencia a lo largo de los siglos y de las más diversas escuelas literarias. Garcilaso encarna el modelo cabal de gentilhombre renacentista, tan diestro en el manejo de la espada como en el pulsado del arpa y el laúd, poeta excepcional y militar valeroso que sobresalía por sus cualidades naturales y formación intelectual entre los caballeros de su entorno. Hombre nuevo de una época que reestrenaba los valores del gozo terrenal, los ideales de la belleza y el amor a la cultura. Desde los poetas del Siglo de Oro a Rafael Alberti o Miguel Hernández, las voces más escogidas de nuestra literatura han sumado sus acentos al gran monumento panegírico garcilasiano, contribuyendo entre todos a su exaltación como «príncipe de los poetas castellanos» y su configuración como paradigma del héroe-intelectual con algo de donjuán dolientemente lírico. «Tipo completo del siglo más brillante de nuestra historia», le definió Gustavo Adolfo Bécquer, en palabras que parecen pensadas para inscripción de pedestal.

Lamentablemente, quienes lo trataron sólo nos han dejado una descripción somera de su personalidad y ninguna de sus rasgos físicos. La aureola de Garcilaso empieza a configurarse durante los últimos años de su vida y se ve impulsada por la ola de conmiseración que su prematura muerte extendió entre quienes le conocieron. El poeta italiano Tansillo, que trató a Garcilaso en Nápoles y trabó con él lazos de amistad, lo cantó con un bello soneto que nos informa de que el concepto de Garcilaso como arquetipo de poeta-soldado tenía circulación ya entre sus contemporáneos:

«Spirito gentil, che con la cetra al collo,
la spada al fianco ognor, la penna in mano»...

El propio Garcilaso es el primero en definirse atrapado en una dualidad aparentemente antitética –«diverso entre contrarios»– entre el oficio de las armas y su irrenunciable vocación literaria, desdoblamiento que dejará enunciado en numerosas ocasiones a lo largo de su obra y que cuaja con rotundidad lapidaria en aquel célebre verso: «tomando ora la espada, ora la pluma». Una dualidad, sin embargo, más contradictoria para la mentalidad de hoy que para la de entonces, que concebía las armas y las letras formando parte del conjunto de virtudes propias de todo cumplido caballero.

Para el benedictino Honorato Fascitelli d'Isernia fue Garcilaso «el español más distinguido, festejado y querido entre cuantos hasta entonces vivieron en Nápoles». Pedro Bembo, por su parte, dirá de Garcilaso: ...«aquel gentilhombre es también un hermoso y gentil poeta, todas sus cosas me han sumamente agradado y merecen singular recomendación y alabanza. Aquel delicado espíritu ha superado con mucho a todos los de su nación y puede suceder que, a no cansarse en el estudio y en la diligencia, supere también a los demás que se tienen por maestros de la poesía». Cosme Anisio, uno más de la extensa nómina de amigos napolitanos del poeta, dirige dos epigramas a Garcilaso donde señala que en el toledano se dan cita la sabiduría de Minerva, la gracia del ánimo y del cuerpo y la generosidad de hacer el bien. En la misma línea de elogios, el humanista Juan Ginés de Sepúlveda lo califica de «vir singulare virtute ac omni humanitate literarumque doctrina oraestans». El cronista burlesco Francesillo de Zúñiga, contemporáneo de Garcilaso, le retrata con dos desconcertantes adjetivos: «grave y melancólico», que lo mismo podría ser ironía del bufón, que busca la risa en el contraste con la realidad, que correspondencia cierta con el «dolorido sentir» que impregna la obra y no poco de la vida de Garcilaso. Otro cronista, Gonzalo Hernández de Oviedo, dice de él en sus Batallas y Quincuagenas: «...era gentil músico de arpa e buen caballero e le vi tañer algunas veces». Pero quien mejor podría habernos confiado la naturaleza profunda del poeta, su íntimo amigo Juan Boscán, se muestra lacónico en sus noticias e infelizmente difuso: «Garcilaso, tú que al bien siempre aspiraste»...

Tres décadas después de su muerte, Garcilaso era ascendido a los cielos de la caballería andante por el fantasioso y contumaz versificador Luis Zapata, que le pinta vencedor en dura liza contra trescientos forajidos cuando volvía de enmendar un entuerto en favor de cierta dueña. Pero el retrato que ha prevalecido y divulgado con más éxito la imagen de Garcilaso es el acuñado por alguien que, sin embargo, no lo conoció: su primer biógrafo, el poeta sevillano Fernando de Herrera. Nacido el mismo año de la muerte de Garcilaso, no alcanzó, en consecuencia, a conocerlo personalmente, por más que la descripción que realizara del poeta sugiera lo contrario. Trató, eso sí, a alguno de sus parientes, como don Antonio Portocarrero y de la Vega, sobrino y yerno de Garcilaso, el cual pudo proporcionarle los datos que servirían de base al retrato que Herrera nos ha transmitido y que ha constituido el molde para la más difundida estampa del poeta: «En el hábito del cuerpo tuvo justa proporción porque fue más grande que mediano, respondiendo los lineamientos y compostura a la grandeza; fue muy diestro en la música y en la vihuela y arpa con mucha ventaja, y ejercitadísimo en la disciplina militar, cuya natural inclinación lo arrojaba a los peligros porque el brío de su ansioso coraçón lo traía deseoso de la gloria que se alcanza en la milicia. Crióse en Toledo hasta que tuvo edad conveniente para servir al emperador y andar en su corte, donde por la noticia que tenía de las buenas letras y por la excelencia de su ingenio, nobleza y elegancia de sus versos y por el trato suyo con las damas, y por todas las demás cosas que pertenecen a un caballero para ser acabado cortesano, de que él estuvo tan rico que ninguna le faltó, tuvo en su tiempo mucha estimación entre las damas y galanes».

Tomás Tamayo de Vargas esbozará en 1622 un apunte biográfico con el que prosigue la escalada idealizadora del poeta-soldado: «...el más lucido en todos los géneros de ejercicios de la corte y uno de los caballeros más lúcidos de su tiempo; honrado del Emperador, estimado de sus iguales, favorecido de las damas, alabado de los extranjeros y de todos en general...». Es el cardenal Alvaro Cienfuegos, ya en el siglo XVIII, el que consolidará, con retórica de oropel barroco, la erección definitiva del mito: «De Toledo vino a la Corte del Grande Carlos Quinto, adonde se hizo expectable en los exercicios más espiritosos de cavallero, singularmente en manejar la espada y el cavallo. Era garboso y cortesano, con no sé que magestad embuelta en el agrado del rostro, que le hazía dueño de los corazones no mas que con saludarlos; y luego entraban su eloquencia y su trato a rendir lo que su afabilidad y su gentileza avían dexado por conquistar. Ningún hombre tuvo más prendas para arrastrar las almas, aviendo dispuesto la naturaleza un cuerpo galán y de proporcionada estatura para palacio de la magestad de aquella alma. Adorábale el pueblo, y sus iguales o no podían o no se atrevían a ser émulos porque el resplandor de sus prendas deslumbraba a la embidia, dexándola cobardes los ojos con la mucha luz, o del todo ciegos».

Amasada con generosos materiales, la figura del toledano ha sido ascendida a la peana de los mitos, pero el riesgo de éstos es quedar apresados en una efigie estereotipada, sujeto de luminotecnias monumentalistas que impiden apreciar, sin los necesarios claroscuros, su verdadera dimensión humana. Garcilaso de la Vega, antes que ese personaje consagrado por la posteridad, fue sobre todo un hombre con un destino incierto que construir día a día, zarandeado por las circunstancias de la época que le tocó vivir y sujeto de necesidades y pasiones de las que, a menudo, exceden la capacidad de autodominio. Un centenar de documentos, en su mayor parte de carácter notarial y burocrático, junto con varios millares de versos y algunas dispersas alusiones de cronistas, son los precarios elementos con los que desarrollar el argumento de toda una vida. Pero Garcilaso sigue siendo esencialmente un misterio cuyo ser profundo se nos ofrece, mejor que en parte alguna, en la emocionante confesión de sus versos. Es en su obra donde, por encima de los convencionalismos de género, alienta la huella más auténtica y palpitante que nos será posible conocer del poeta. Cualquier evocación biográfica resultará siempre pálida al lado de esos íntimos jirones que Garcilaso nos dio de sí mismo en la doliente y dulce vena de sus endecasílabos.

(Del libro: "Garcilaso de la Vega, entre el verso y la espada". Mariano Calvo. Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Toledo. 1992)






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Apunte biográfico
por Mariano Calvo



Año de nacimiento: ¿1498?, ¡1499?, ¿1501?, ¿1503?

Eustaquio Fernández de Navarrete supone a Garcilaso nacido en 1503; Hayward Keninston, en 1501. Ambas fechas se han admitido como probables por unos u otros autores posteriores, sin que en ningún caso estuviesen avaladas por razones concluyentes.

El documento más explícito al respecto es el que, con fecha 11 de septiembre de 1523, se realiza para la prueba de nobleza de Garcilaso, al objeto de ser investido Caballero de la Orden de Santiago. Con este motivo, un testigo llamado Pedro Cabrera dice "que conoce a García Laso de la Vega e que será de edad de 25 años, poco más o menos"... De tomar este dato en consideración, Garcilaso habría nacido alrededor de 1498.

Por otra parte, si consideramos que en septiembre de 1519 se sirve de un "curador", acaso por ser menor de edad, ello nos llevaría a considerar que el poeta nació a partir de septiembre de 1498.



Lugar de nacimiento

Diversos documentos lo indican explícitamente, afirmando que era "natural de Toledo". Además de la tradición que señala las casas de Garcilaso en la plaza toledana hoy denominada "de Padilla", están las numerosas alusiones notariales que sitúan las casas de la madre de Garcilaso entre las parroquias de San Román y Santa Leocadia. Sin embargo, no puede descartarse que el poeta hubiese nacido en Batres (Madrid), señorío de su madre.



Familia

Su padre fue educado en la corte de Enrique IV. Luchó en la guerra de Granada. Fue embajador de los Reyes Católicos en Roma, ante Alejandro VI. Ayo del infante don Fernando. Comendador mayor de la Orden de Santiago. Ostentó numerosos cargos en la corte de los Reyes Católicos. Pertenecía a la nobleza, pero de recursos económicos vinculados a su servicio palaciego. Adquiere el señorío de Cuerva en 1493, en cuya iglesia parroquial fue enterrado enterrado junto con su mujer y su primogénito Pedro Laso de la Vega.

Su madre, doña Sancha de Guzmán, era la VI señora de Batres, biznieta de Fernán Pérez de Guzmán, autor de Generaciones y Semblanzas (tío del Marqués de Santillana).

Garcilaso tiene seis hermanos. Garcilaso es segundón y, por tanto casi completamente desheredado por la ley del mayorazgo. Sólo recibe, como herencia a la muerte de su padre, 80.000 maravedís sobre los derechos de pasto de la ciudad de Badajoz.

– Leonor, la mayor, casa con don Luis Portocarrero, conde de la Palma, corregidor de Toledo.
– Pedro, el primogénito. Será uno de los principales jefes de la sublevación Comunera.
– Fernando, soldado. Morirá en el cerco francés a Nápoles.
– Francisco, canónigo de la catedral de Badajoz.
– Gonzalo, profesor en Salamanca.
– Juana, monja en el convento de Santo Domingo el Real (Toledo).



El nombre

En su época, nombres y apellidos se cambiaban a voluntad; no había una norma establecida. Su padre, que se llamaba Pedro Suárez de Figueroa, decidió cambiar su propio nombre por el de Garcilaso de la Vega, que ya habían llevado algunos ilustres antepasados.



Su época

Descubrimiento del Nuevo Mundo. Inquisición. Judíos recién expulsados-falsos conversos. La Reforma Protestante. El fulgor renacentista en Italia. Años de inestabilidad política por la muerte de Isabel de Castilla en 1504. Los nobles castellanos rebrotan sus aspiraciones de poder. Luchas entre los Ayala (Pedro López de Ayala, conde de Fuensalida) y los Silva (Juan de Ribera) en Toledo.



Infancia en Cuerva y Batres

Se educa probablemente con Pedro Mártir de Anglería. Recibe una educación esmerada. Domina los idiomas: griego, latín, italiano, francés (el idioma que se hablaba en la corte de Carlos V). Toca la cítara, el arpa y el laúd. Pasa temporadas en Batres, así como en los señoríos de Cuerva (Toledo) y Los Arcos (Badajoz).



Llegada a España de Carlos V

En 1517 llega Carlos V a España. Garcilaso ha estado preparándose para este momento. Su objetivo es pasar al servicio del nuevo monarca y escalar posiciones en la corte. Cuenta con la protección clientelista de los Duques de Alba. Era costumbre que el rey tomara a su cargo a los segundones de las grandes familias, exquisitamente educados pero privados de medios económicos por la ley del mayorazgo.

En Valladolid tiene lugar el acto de la presentación oficial, y probablemente asistió Garcilaso junto con su hermano mayor Pedro Laso a rendir pleitesía junto con los caballeros y grandes del reino.

Los toledanos aguardan la venida de Carlos V a Toledo para que asiente aquí la corte y reparta cargos entre la nobleza toledana. Carlos V viaja a Zaragoza y a Barcelona, pero no a Toledo, al mismo tiempo reparte cargos sólo entre los cortesanos flamencos, lo cual origina el resentimiento de los castellanos en general y de los toledanos en particular.

Pedro Laso y Garcilaso intentan entrevistarse con Carlos V para pedirle que viaje a Toledo pero el secretario de Carlos V, Chievres, se lo impide. En Toledo los Ayala y los Silvas se dividen, aquellos en contra de Carlos V y estos a favor.



Incidente del Nuncio

El 1 de junio de 1519, Garcilaso entra espada en mano en la reunión del patronato de la fundación del Hospital del Nuncio, en Toledo, formado por los canónigos de la catedral. Por ese incidente, en septiembre es condenado a un destierro de tres meses y a 4.000 maravedís de multa.



La Guerra de las Comunidades

Se convocan Cortes en Santiago de Compostela. El hermano mayor de Garcilaso, Pedro Laso, va encabezando la delegación de Toledo. Garcilaso probablemente lo acompañase. Los procuradores de Toledo y los de Salamanca se niegan a participar en las Cortes. Intrigan y Carlos V destierra a Pedro Laso a su alcaidía de Gibraltar. Toledo se alza en rebeldía. Cuatro días antes de que Carlos V emprenda viaje, los toledanos asaltan las puertas y puentes de la ciudad y expulsan a Juan de Ribera y los suyos (entre ellos a Garcilaso, que por esas fechas es nombrado "contino" (la originariamente llamada "Compañía de los cien continos de don Alvaro de Luna", había sido creada a fines de la Edad Media por el poderoso valido de Juan II para guardia personal del rey y se integraba de un centenar de jóvenes caballeros, todos ellos de relevantes nombres entre la nómina de segundones de las grandes familias).

Los destinos de Garcilaso y su hermano Pedro Laso se separan. Garcilaso se reúne en el castillo del Aguila con don Juan de Ribera y los imperiales y desde allí hostigan el avituallamiento de la ciudad. En las cercanías de Olías, el 17 de agosto de 1521, tiene lugar una importante batalla en la que Garcilaso es herido en el rostro. Pedro Laso, al ver el cariz popular que adquiere la rebelión comunera, huye a Portugal. Hay un armisticio entre los sitiadores y los sitiados; entre las condiciones figura que Garcilaso, entre otros, no entre en la ciudad hasta tanto no regrese el Emperador. Entretanto, se produce un incidente armado y María Pacheco tiene que huir y los comuneros son duramente represaliados.

Garcilaso entra en Toledo el 6 de febrero de 1522. Su casa ha sido saqueada. Se esforzará en adelante en recomponer el patrimonio familiar y conseguir el perdón para su hermano Pedro Laso.



En Vitoria

Apenas un mes después de entrar en Toledo, Garcilaso viaja a Vitoria (donde se encuentran los gobernadores imperiales intentando recobrar Fuenterrabía a los franceses), para cobrar los atrasos (126.000 maravedís) que le debe la Chacillería. Lleva un documento acreditativo de Juan de Ribera. Quizá participase en la toma de Fuenterrabía, como parece dar a entender la alusión testamentaria: "En un lugar de Navarra a uno que se llamaba Martín debo un rocín que le tomaron los franceses por mi causa".



El regreso de Carlos V

El 16 de julio de 1522 regresa Carlos V a España y Garcilaso está entre los nobles que le esperan en Santander. Entre los que regresan está el duque de Alba, don Fadrique, protector de Garcilaso. Lo que acuciaba a Garcilaso en esos días era conseguir el perdón para su hermano Pedro. En la corte se configuran dos bandos: los partidarios del perdón y los partidarios del castigo para con los comuneros. Carlos V viene con un fuerte ejército y apenas desembarca ordena decapitar a algunos de los principales cabecillas comuneros que aguardaban en las cárceles. Además, inicia gestiones con el rey de Portugal para conseguir la repatriación de los comuneros como Pedro Laso que permanecían refugiados en la corte portuguesa. Al fin, la intercesión de muchos nobles y clérigos, incluso del mismo Papa, consigue que el día de Todos los Santos Carlos V proclame en la plaza mayor de Valladolid el llamado "perdón general", con excepción de 293 cabecillas comuneros, entre los que se encontraba Pedro Laso.



Ambiente de corte

Por aquellos días en Valladolid, el ambiente de la corte es de enfrentamiento entre los cortesanos flamencos y los españoles, así como entre los que admitían la política imperial de Carlos V y los que la criticaban.

Por estos días tiene lugar el proceso contra el "curador" de Garcilaso, Juan Gaitán. Este morirá poco después en la cárcel, antes de que el juicio concluya.

Por esas fechas, en Valladolidí, Garcilaso estrechará amistad con Juan Boscán, al que ya conocía como ayo de don Fernando Alvarez de Toledo (éste cuenta por entonces con 15 años de edad; llegará a ser el célebre Gran Duque de Alba, gobernador general de Flandes y prestigioso general de Carlos V y Felipe II). Boscán se convierte en el mejor amigo y confidente de Garcilaso. De noble familia barcelonesa, educado en el conocimiento de los clásicos, Boscán se determinó en su primera juventud a seguir la carrera de las armas sirviendo en el ejército del rey Católico, aunque a partir de 1519 abandonó el oficio militar y viajó por Italia como criado de la casa real. El nombre de Juan Boscán quedará unido para siempre al de Garcilaso de la Vega no sólo por haber sido su alter ego y destinatario de algunos de sus poemas sino, sobre todo, por haber constituido el detonante inmediato de esa explosión italianizante cuyo mejor fruto fue el Garcilaso que admiramos.

Boscán fue designado por el anciano don Fadrique, duque de Alba, para ayo de su nieto don Fernando en virtud de las prendas caballerescas del catalán y según costumbre de la época, que separaba la instrucción de tipo académico, a cargo de un preceptor, de la formación del carácter y modales caballerescos, confiada a un ayo, que con su ejemplo y conversación sirviera al pupilo de permanente modelo de conducta.

Garcilaso se refiere a Boscán en la Égloga II:

"...Era el que había dado a don Fernando,
su ánimo formando en luenga usanza,
el trato, la crianza y gentileza,
la dulzura y llaneza acomodada,
la virtud apartada y generosa,
y en fin, cualquiera cosa que se vía
en la cortesanía, de que lleno
Fernando tuvo el seno y bastecido".

Don Fadrique pensó para preceptor de don Fernando, en Luis Vives, pero una anécdota lo frustró, según lo dejó escrito Luis Vives: Durante la estancia de don Fadrique en Bruselas, el duque envió a Lovaina a un fraile italiano llamado Severo Varini con el encargo de ofrecerle a Luis Vives el cargo de preceptor de don Fernando. Pero el fraile benedictino no se lo dijo nunca y consiguió ser él el nombrado para el cargo. Garcilaso lo elogia en su Égloga II:

"Temo que si decirte presumiese
de su saber la fuerza con loores,
que en lugar de allaballo, lo ofendiese".


Garcilaso trata de afianzarse en su posición de protegido de la casa de Alba y establece sólidos lazos clientelistas (Los grandes, a semejanza del rey, reunían en torno a sí una pequeña corte de caballeros e hidalgos, trabándose entre estos servidores y el magnate una relación de mutuo provecho donde se entrecruzaban la protección y el servicio).



La leyenda de Rodas

A mediados de 1522, llega a España una delegación de la isla de Rodas. La isla está siendo cercada por el Gran Solimán. A finales de 1522 y principios de 1523 se organiza una pequeña expedición, en la que el fantasioso cronista Luis Zapata dice que va Garcilaso, sin embargo esto no parece cierto porque por esas fechas hay testimonios documentales de que se halla acompañando al emperador.

Por esas fechas se le concede a Garcilaso la Orden de Santiago.



Gentilhombre de Borgoña y caballero de Santiago

A primeros de julio de 1523 se convocan Cortes. Los procuradores conceden 400.000 ducados al emperador a cambio de 105 peticiones. Esencialmente, los castellanos pedían su pronto matrimonio; que afincase la corte en Castilla; que redujese los gastos de su corte; que protegiese las costas de los corsarios berberiscos y especialmente que los cargos de su servicio se diesen "a naturales de estos reinos". Unos días después Garcilaso es nombrado Gentilhombre de Borgoña con un sueldo que doblaba el anterior de contino.

En la probanza de nobleza de Garcilaso, Pedro Cabrera declara que aquel tiene 25 años más o menos y que es vecino de Toledo. El poeta es investido caballero de la Orden de Santiago el 16 de setiembre de 1523.

Mientras tanto, Carlos V pone en venta el señorío de los Arcos. Como consecuencia, Pedro Laso se encastilla con algunas tropas dispuesto a impedirlo. Intercede el rey de Portugal y se evita la venta.



La campaña de los Pirineos y de Fuenterrabía

Después de las cortes de Valladolid, Carlos V hace un llamamiento general a grandes y caballeros para la guerra contra Francisco I de Francia. Se trata de hacer desistir a éste de su propósito de invadir los territorios imperiales de Italia Consigue reunir en Pamplona 30.000 infantes, 3.000 jinetes y gran provisión de artillería. Garcilaso parte con el ejército de Pamplona hacia los Pirineos. Era la primera vez que Garcilaso veía los Pirineos y la impresión que le causó se describe en la Égloga II:

"Los montes Pirineos, que se estima
de abajo que la cima está en el cielo,
y desde arriba el suelo en el infierno"...


El invierno ha anticipado su llegada y todo está cubierto de nieve, haciendo intransitable los caminos. Durante seis días no tienen qué comer y se alimentan de cortezas de árboles "y cosas peores", al decir del cronista Santa Cruz. Cuando cruzan los Pirineos toman sin dificultad los pueblos fronterizos. En su testamento hay una alusión a su estancia en uno de estos pueblos: "En un lugar que se llama Salvatierra debo a un cirujano, en cuya casa posé cuando tomamos aquel lugar, algunas cosas que se comieron de mantenimiento allí en su casa; montaría, a mi parecer, cinco o seis ducados. Si se puede pagar sin hacer más gasto en la diligencia de lo principal, y se hallare el dueño o sus herederos, páguese; y si no, hágase lo que determinare un buen letrado para asegurar la conciencia".

El objetivo siguiente era Bayona, pero calibrando su mermado poder ofensivo, se decide recuperar Fuenterrabía. También este hecho se registra en su testamento: "Porque en la Guerra de las Comunidades, o en la que se hizo en Francia cuando se tomó Fuenterrabía, yo o criados míos seríamos en algún cargo, que ni la cantidad ni el dueño no se pudiese averiguar, tengase alguna manera, o haciendo alguna composición con la Cruzada u otra cosa alguna con que la conciencia quede segura, a consejo de algún letrado".

Se bombardea intensamente Fuenterrabía pero la lluvia impide el asalto. Son los comienzos de la artillería, que Garcilaso verá, como tantos caballeros de la época, como una novedad que nada tiene que ver con el antiguo honor de la guerra. Al final, Fuenterrabía se rinde con generosas condiciones de capitulación. Don Fernando Alvarez de Toledo, a los 16 años, es nombrado gobernador de la plaza y entra presidiendo el desfile militar. A su lado, Boscán y Garcilaso.



En Portugal conoce a Isabel Freire

Cuando se disuelve el ejército de Fuenterrabía, probablemente Garcilaso va a Portugal para encontrarse con su hermano Pedro Laso. Sabemos por carta del embajador francés que con Pedro Laso se encontraba un hermano suyo. Llevan tres años separados. Se comunicarían sus experiencias de guerra y urdirían proyectos para conseguir el perdón de Carlos V. Entre las damas de la infanta Isabel de Portugal conoce a Isabel Freire. Hay toda una mitología entorno a estos supuestos amores. La Égloga I se da como autobiográfica desde los primeros comentaristas de la segunda mitad del XVI (Herrera, Antonio de Fonseca y el Brocense). Manuel Faria de Sousa afirma que Galatea y Elisa son Isabel Freire. Sá de Miranda escribe una égloga en la que identifica a Garcilaso con Nemoroso. En 1924 Hayward Keniston señala que el manuscrito de Pascual Gayangos contenía una copla encabezada por el título: "A Isabel Freire, porque casó con un hombre fuera de su condición".



Negociación de boda

1525 es un año importante para Garcilaso. Carlos V entra en Toledo por vez primera el 27 de abril de 1525, donde permanecerá casi diez meses. La ciudad se vuelca en fiestas y homenajes, en parte para hacerse perdonar la pasada rebelión comunera. El emperador viene a celebrar Cortes. Su talante es exultante porque acaba de obtener la victoria en Pavía y Francisco I es su prisionero. En la ciudad está el embajador de Venecia Andrea Navagero; Baltasar de Castiglione, embajador de Clemente VII; el sobrino del Papa, el médicis cardenal Salviati; el maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, que viene derrotado de Rodas a solicitar la isla de Malta; Diego López de Ayala, traductor de Boccaccio y de Sannazaro; el poeta Garci Sánchez de Badajoz..., entre otros muchos ilustres personajes.

Llega a Toledo también la princesa Margarita de Valois, con treinta y dos años, hermana de Francisco I, a negociar su rescate. Se acuerda un pacto que contempla el matrimonio de Francisco I con la hermana de Carlos V, doña Leonor.

Tanto Carlos V como Garcilaso negocian sus bodas respectivas. A Carlos V son las cortes la que le señalan esposa en Isabel de Portugal, y en el caso de Garcilaso será doña Leonor, la hermana favorita de Carlos V, la que le señale esposa entre las damas de su compañía: Elena de Zúñiga. Con ella se casará un año más tarde. Los biógrafos se muestran unánimemente de acuerdo en conceder a este matrimonio un estricto valor económico: dos millones de maravedís de dote. Era hija de don Íñigo de Zúñiga, que llegará a ser maestresala de la emperatriz Isabel, y de Aldonza de Salazar, vecinos ambos de la villa de Aranda de Duero, lo que es tanto como suponerlos vinculados al clientelismo del Duque de Alba.

Como Carlos V y doña Leonor sólo coincidieron del 21 de septiembre al 6 de octubre en Toledo, es de suponer que sería en esas fechas cuando Garcilaso y doña Elena se casaron.



Su situación financiera

Los prolijos trámites de su boda nos informan del estado financiero de la pareja Garcilaso-Elena de Zúñiga en agosto de 1525: Se tasan los bienes de Garcilaso en 7.500.000 maravedís (nos sirve de referencia sobre su magnitud el dato de que la casa que compran para vivir unos años después les cuesta 550.000 maravedís).

El 25 de agosto se dicta una orden subiendo el sueldo a 60.000 maravedís al año pagaderos cada tres años. Por su parte, su madre amplía los 80.000 maravedís que cobraba por derechos de pasto en Badajoz a 200.000 maravedís anuales.(Hay una limitación legal: no se podían legar más de 500 sueldos; lo cual se resuelve con un truco legal diciendo que son tantas donaciones de 500 sueldos como sea menester). La dote de doña Elena asciende a 2.575.000 maravedís, de los cuales un millón proviene de la donación del emperador, 600.000 del rey de Portugal, 375.000 de la ex-reina doña Leonor, y la propia doña Elena aporta 600.000 maravedís en joyas de oro, piedras, perlas y atavíos.

El Duque de Alba, don Fadrique, y don Fernando Alvarez de Toledo piden por entonces a Carlos V una encomienda de 100.000 maravedís para Garcilaso. Pero no se la concede.



Boda imperial en Sevilla

El 10 de marzo de 1526 se casan en Sevilla Carlos V e Isabel de Portugal. Garcilaso encuentra a Isabel Freire entre las damas de la infanta Isabel de Portugal (Égloga I).

Garcilaso consigue el perdón para su hermano Pedro. Pero no se le autoriza a permanecer a menos de cinco kilómetros de la corte.

Cuando Garcilaso regresa a Toledo, resuelve el cobro de varias deudas.

Su hermano Francisco, canónigo de Badajoz, Prior de Cazorla y cura de Batres, hace renuncia de su herencia en él.



Conversación en el Generalife entre Boscán y Navagero

Desde Sevilla la comitiva real se desplaza a Granada huyendo del calor. En el generalife granadino tiene lugar la conversación entre Boscán y Andrea Navagero, embajador de Venecia, en la que éste le anima a intentar los metros italianos.



El fin del letargo

El paréntesis de relax que supone la boda de Carlos V se rompe: el Parlamento de París declara nulo el Tratado de Madrid; los turcos invaden Hungría; y se establece la Liga de Cognac entre el Papa Clemente VI, los reyes de Francia y de Inglaterra, la Señoría de Venecia y el Ducado de Milán. Se recrudecen los problemas de la Reforma Protestante.

Carlos V convoca cortes en Valladolid para conseguir fondos de cara a las campañas que se avecinan. De camino pasan las navidades en Toledo.

El 24 de enero, a punto de unirse a la corte en Valladolid, Garcilaso da un poder notarial a su mujer para que compre unas casas en la colación de San Bartolomé de Sonsoles, que antes fueron de Fernán Pérez de Guzmán. Sin embargo, no llegan a comprarla.

Los procuradores convencen a Carlos V de la imposibilidad de contribuir a sus demandas económicas (aún le adeudan las 400.000 ducados de su contribución a la boda) y el emperador debe resignarse.

Dos noticias importantes: nacimiento de Felipe II y el saco de Roma (su hermano Fernando de Guzmán, soldado en el ejército de Italia estaría involucrado).

De marzo a agosto se somete a debate entre frailes y teólogos de las universidades de Valladolid, Salamanca y Alcalá la ortodoxia de las ideas de Erasmo. El debate se salda con el triunfo de las tesis de Erasmo. El mismo Carlos V escribe una carta elogiosa a Erasmo. En aquel momento decir erasmista era decir imperial, en contraposición al nacionalismo que preconizaban otros en España. Quizá sea significativo al respecto de la posición erasmista de Garcilaso el que Juan de Valdés, conocido propagador erasmista, hace su elogio de él en "Diálogo de la Lengua". Garcilaso morirá antes de que Carlos V evolucione en sentido contrario, inclinándose hacia el contrarreformismo.



El hijo ilegítimo y la moza de Extremadura

Entre 1527 y 1529 se sabe poco de la vida de Garcilaso. Sólo que en su testamento firmado en 1529 afirma que tiene un hijo ilegitimo llamado "don Lorenzo" (hijo tenido con doña Guiomar Carrillo), para el que deja en testamento que se le pague una carrera para ser letrado o cura en una buena universidad. No menciona la identidad de la madre, aunque debía de ser de conocimiento público.

En el mismo testamento alude a cierta moza de un pueblo de Extremadura, cerca de los Arcos. "Yo creo que soy en cargo a una moza de su honestidad: llámase Elvira, pienso que es natural de la Torre o del Almendral, lugares de Extremadura, a la cual conoce don Francisco, mi hermano, y Bariana el alcaide que era de Los Arcos y Parra su mujer: estos dirán quién es; envíen allá una persona honesta y de buena conciencia que sepa de ella si yo le soy en el cargo sobredicho, e si yo le fuere en él, denle diez mil maravedís, e si fuere casada téngase gran consideración en esta diligencia a lo que toca a su hora y a su peligro".



Compra unas casas

El 11 de marzo de 1528 compra unas casas en la calle real de Toledo, colindante con casas de Juan Ayala, en la colación de Santa Leocadia, para su vivienda y la de sus hijos. Le cuestan 550.000 maravedís. Hasta entonces Garcilaso y su mujer habían habitado en la casa de la madre del poeta.



La muerte de su hermano Fernando

Pretextando el saco de Roma, Francisco I de Francia ataca Nápoles el 1 de abril de 1528, que es asediado por la flota de Andrea Doria. El hermano de Garcilaso, Fernando, que es soldado en el ejército de Nápoles, muere a consecuencia de las penosas condiciones derivadas del asedio.



Preparativos del viaje a Italia

Desde octubre de 1528 a marzo de 1529 permanece en Toledo Carlos V (y con él, Garcilaso) organizando el ejército antes de partir para Italia. Recibe a Hernán Cortés y a Francisco Pizarro.

El emperador quiere viajar a Italia por distintos motivos: Ser coronado por el Papa con la corona de hierro de Lombardía y la corona imperial; sosegar los estados italianos; atajar el peligro turco y convocar un concilio contra los luteranos.

En febrero de 1529 muere en Toledo Baltasar de Castiglione de una rápida enfermedad. Para entonces había sido destituido como embajador del Papa porque éste sospechaba de su traición, al no haber advertido del saco de Roma. Carlos V lo colmó de honores y le dio el obispado de Avila, pero no alcanzó a ocuparlo al sobrevenirle una muerte repentina.



Isabel Freire se casa con don Antonio de Fonseca

Por las fechas en que Garcilaso prepara su viaje a Italia, se casa Isabel Freire con don Antonio de Fonseca, regidor de Toledo al igual que Garcilaso, y miembro de la nobleza. Los que defienden la hipótesis biográfica de la Egloga I defienden que Fonseca es aludido en ella y de ahí deducen que era un compendio de tachas, lo que apoya el que subtituló la copla II: "...porque casó con un hombre fuera de su condición".



Testamento

Garcilaso redacta su testamento, al igual que el emperador, en Barcelona, a punto de embarcar para Italia. El del poeta está fechado el 25 de julio de 1529 y rubricado por su amigo Juan Boscán y su hermano Pedro Laso, entre otros testigos.

Comienza diciendo: "Tengo deliberado e determinado de ir e pasar con la magestad del emperador rey don Carlos, nuestro señor, en Italia y en las otras partes donde el fuere servido de quererse de mi servir, e porque la muerte es natural a los hombres y es cosa cierta y la hora y dia en que ha de ser es incierta..."

Instituye su mayorazgo en su primogénito por línea de varón.

Declara que sus rentas son: 120.000 maravedís de las dehesas de La Lapa y del Rincón de Gila en Badajoz; rentas de hierba cedidas por su madre doña Sancha de las dehesas de Castrejón, Albadalejo y Allozar; y la renta del pan y tributos de Bargas.

Manda que su heredero se cambie el nombre por "Garcilaso de la Vega y de Guzmán".

Ordena que, en caso de su fallecimiento, su descendencia pase al hermano de Pedro Lasso y después al Comendador Mayor de Santiago.

Sus hijos, por entonces, son:

1.– Lorenzo, hijo natural, tenido con su amante doña Guiomar Carrillo.

2.– Garcilaso, que morirá niño antes de 1537.

3.– Íñigo de Zúñiga, que morirá a los 27 años en la toma de Ulpiano, contra los franceses, en 1555.

4.– Pedro de Guzmán, recién nacido por esas fechas (1529). A los 14 años profesará en el convento de San Pedro Mártir de Toledo.

Posteriormente a la fecha en la que firma el testamento, le nacerán a Garcilaso otros dos hijos:

5.– Sancha, nacida en 1532.

6.– Francisco, nacido en 1534, que morirá en la infancia.



El testamento adjunta un memorial con encargos de pagos y obras pías que desea se cumplan tras su muerte: Misas, limosnas para cera a Santa Leocadia; limosnas para el casamiento de huérfanas de esta parroquia o, en su defecto, de Cuerva o Batres. Desea ser enterrado en su capilla de San Pedro Mártir, pero si muriese pasada la mar, ordena que lo dejen donde lo enterraren. Hace una relación de acreedores, donde aparecen desde el cura de las Ventas hasta un canónigo de la catedral; un barbero del que dice "que me ha servido algunos días sin darle nada"; varias deudas a dos pajes suyos y a su hermano Francisco, y aclara que debe un marco de plata al Ayuntamiento de Toledo; cargos de la Guerra de las Comunidades y de la de Fuenterrabía; y a una moza de Extremadura llamada Elvira. Declara también tener un hijo ilegítimo llamado Lorenzo (del que silencia el nombre de la madre: doña Guiomar Carrillo), al que manda se le dé carrera de cánones o leyes en una buena universidad.



Italia

El 28 de julio de 1529 se embarca la corte para Italia. El emperador se hace cortar el pelo (dice el cronista Sandoval que por unos dolores de cabeza, pero es probable que para imitar la moda de los antiguos romanos). Garcilaso probablemente cambie también su anterior aspecto de melena larga por el de la estatuaria cesariana, aunque con el añadido de la germánica barba.

Se hace un espléndido desembarco en Génova, a donde acuden cardenales y demás embajadores de todos los estados italianos. Pero la coronación tiene lugar en Bolonia donde se hace una entrada triunfal solemne con presencia del Papa, que recibe a Carlos V a la puerta de la catedral.

Cuatro meses después tiene lugar la coronación de Carlos. Mientras tanto visita Garcilaso la universidad, las más de cien iglesias y entre ellas la que contiene los restos de Santo Domingo de Guzmán, su antepasado. La coronación como Emperador de Romanos tiene lugar el día en que Carlos V cumple treinta años. El el tablado de maderas que une el palacio pontifical con la catedral se derrumba y Garcilaso y otros están a punto de sufrir un grave accidente. También se firma la paz entre los estados católicos, incluyendo a Francisco I, con la excepción de Florencia y los luteranos.

Garcilaso regresa a Toledo hacia junio de 1530.



Espía de la emperatriz

A su regreso a Toledo, la emperatriz Isabel lo envía a Francia con la misión de felicitar oficialmente a Doña Leonor y a Francisco I por su matrimonio, celebrado recientemente, pero también para que espíe el trato que el rey dispensaba a la reina y la situación política de aquel país.

Su viaje debió de transcurrir felizmente porque más tarde hará alusión de él en su epístola a Boscán, alabando los caminos y las posadas de Francia.

Regresa a Toledo e informa a la emperatriz del resultado de su misión.



La boda de su sobrino

En agosto de 1531, Garcilaso se ve envuelto en un incidente de graves consecuencias para él. Se halla por entonces en Avila con el Duque de Alba preparando su viaje a Alemania para unirse al ejército que prepara Carlos V contra el turco. Según su propia declaración, un paje le avisa después de comer de que vaya a la catedral; allí se encuentra con que va a tener lugar la boda entre un sobrino suyo, llamado como él, Garcilaso, de 14 años de edad, con una niña de 11 llamada Isabel de la Cueva (heredera del duque de Alburquerque y poseedora de una gran fortuna). Se trata de unos esponsales clandestinos que no cuentan con el conocimiento de la Emperatriz.

Cuando el Duque de Alba y Garcilaso se hallan cerca de la frontera, en Tolosa, camino de Alemania, les sale al paso el Corregidor de Guipúzcoa con el encargo de la Emperatriz de tomar declaración a Garcilaso, el cual trata de eludir su respuesta con ambigüedades, pero al final se ve forzado a confesar que sí estuvo presente en la boda. La emperatriz le manda salir desterrado del reino y le prohibe la entrada en la corte del Emperador.



Viaje a Alemania

En febrero de 1532, Garcilaso y don Fernando Alvarez de Toledo atraviesan la frontera para incorporarse al ejército de Carlos V en Alemania contra los turcos. Su talante debía de ser de preocupación pero la descripción que nos hace de él en la Egloga II es épico. Cabalgan a través de Francia hasta París donde el Duque de Alba cae enfermo y se detienen varios días hasta que recobra la salud. Prosiguen hasta el Rin. Lo remontan creyendo que el Emperador está en los Países Bajos pero acaba de marchar al sur de Alemania, de manera que después de visitar Colonia tienen que descender por el río camino de Ratisbona. Luego se deslizan por otro río, el Danubio, que también despierta en él versos admirados. Llegan a Ratisbona y a pesar del esfuerzo del duque de Alba en interceder por Garcilaso, el emperador lo manda desterrar de la corte por plazo indefinido a una cercana isla del Danubio, cerca de Ratisbona (tal vez Schut). Allí estará tres meses. Escribe la canción III. En ella expresa su melancolía al haber caído en desgracia del emperador, aunque reconoce que el paisaje que lo rodea es paradisíaco.

Después de insistentes ruegos de don Fernando, el César resuelve que Garcilaso debe decidir marcharse a Nápoles con don Pedro de Toledo (marqués de Villafranca y tío del Duque de Alba), que acaba de ser nombrado Virrey de aquel reino, o ingresar en un convento.



Viaje a Nápoles

Parten el Marqués de Villafranca y Garcilaso hacia Nápoles ellos solos, sin criados. Le van recibiendo espléndidamente por donde pasan (en Siena les ofrecen una comedia interpretada por "muchas bellas y nobilísimas mujeres") de lo cual van dando cuenta casi a diario al emperador. Pasan por Roma donde se detienen 10 días. Son recibidos por el Papa Clemente VII con grandes muestras de hospitalidad.

Llegan a Nápoles el 4 de septiembre, después de un mes de viaje. El virrey fija su residencia en Castelnuovo. Inmediatamente Garcilaso es nombrado "lugarteniente de la compañía de gente de armas del Virrey" con sueldo de 100.000 maravedís al año.

La situación es caótica y hay una facción de nobles opuesta al emperador. También hay un conato de peste.

La primera noticia que tenemos de Garcilaso en Nápoles es que compra de un potrillo valorado en 18 ducados, que le serán descontados de su sueldo al año siguiente.

Visita la tumba de su hermano Fernando, muerto hacía cuatro años y medio de pestillencia durante el ataque francés a Nápoles, y le dedica un soneto en el que el poeta presta la voz a su hermano para que este se lamente en primera persona ante ese caminante ideal que ante su tumba pasa:

"No las francesas armas odïosas,
en contra puestas del airado pecho,
ni en los guardados muros con pertrecho
los tiros y saetas ponzoñosas;
no las escaramuzas peligrosas,
ni aquel fiero ruido contrahecho
de aquel que para Júpiter fue hecho
por manos de Vulcano artificiosas,
pudieron, aunque más yo me ofrecía
a los peligros de la dura guerra,
quitar una hora sola de mi hado;
mas infición del aire en sólo un día
me quitó al mundo y me ha en ti sepultado,
Parténope, tan lejos de mi tierra".




Viaje a España

Carlos V decide embarcar en Génova hacia España después de haber hecho huir al turco Solimán y haber concertado con el Papa la celebración de un concilio contra los protestantes.

El virrey de Nápoles envía a Garcilaso a Génova con un mensaje para el césar, pero cuando llega, éste ya ha marchado a Barcelona. Garcilaso entonces embarca y llega a Barcelona:

"Con la proa espumosa las galeras,
como nadantes fieras, el mar cortan,
hasta que en fin aportan con corona
de lauro a Barcelona".


En Barcelona cumple con su misión de informar al emperador pero también hace algo más: visita a su amigo Juan Boscán. Allí descubre con alegría que éste, animado por la mujer de un primo hermano de aquel llamada Gerónima Palova de Almogávar, se encontraba dando término a la traducción al castellano de "El Cortesano", de Baltasar de Castiglione, obra por la que Garcilaso sentía predilección. La alegría que siente por este hecho le mueve a escribir una carta de agradecimiento a Gerónima, que es la única muestra de prosa literaria que tenemos de Garcilaso. Este texto será incluido por Boscán como prólogo a la edición de su traducción. Por ella sabemos la alta estima que tenía Garcilaso por la obra del "Conde Castellón"; del entusiasmo que sentía por la traducción de su amigo y del escaso aprecio que profesaba por la prosa castellana anterior: "Porque yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra, que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua sino lo que se pudiera muy bien excusar".

Las líneas que dedica a ensalzar las cualidades de la prosa de Boscán constituyen una estimable definición de sus propios gustos literarios: "Guardó una cosa en la lengua castellana que muy pocos la han alcanzado, que fue huir de la afectación sin dar consigo en ninguna sequedad, y con gran limpieza de estilo usó de términos muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oídos, y no nuevos ni al parecer desusados de la gente".

Garcilaso afirma que participa con Boscán en "la postrera lima" del libro.



Visita a su mujer

Al igual que el Duque de Alba viaja al interior para encontrarse con su familia (de lo que da cuenta Garcilaso en su Égloga II), Garcilaso pudo hacer lo propio. Probablemente permanece tres meses en Toledo.



Égloga II

A su vuelta a Nápoles (junio 1533), escribe la Egloga II, la más extensa (1885 versos) y la primera de las tres que compuso. No se le conoce dedicatoria.

Este año 1533-34 que pasa en Nápoles es uno de los más gozosos de su vida. En su oda latina II afirma:

"Ya de la ciudad famosa
por sus amadas murallas, la que el río Tajo con áureo
abrazo se complace en sujetar, aquel amor no me atormenta
estando yo sobremanera enardecido;
de las sirenas en la apacible patria y en el suelo
cultivado, me agrada ya la hermosa Parténope,
y el sentarme junto a los manes,
o más bien las cenizas, de Marón".


Días de fiestas palaciegas y amoríos. El prestigio de Garcilaso en el círculos de los humanistas napolitanos es enorme. Garcilaso alude a un amor napolitano que tal vez es Catalina Sanseverino, a la que al morir adeuda el poeta 300 ducados, que serán, curiosamente, los únicos que su mujer no reintegre.

A este tiempo corresponde la lira " A la flor de Gnido", barrio napolitano donde vivía Violante Sanseverino, el amor de Mario Galeota, por quien escribe la oda de imitación horaciana:

"Si de mi baja lira
tanto pudiese el son, que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento,
y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas
con el suave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese
y al son confusamente los trajese;
no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;
ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes,
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados.
Mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada"...


Describe luego Garcilaso el estado lamentable en que por su causa yace el frustrado amante (Mario Galeota), a quien ni los caballos ni la liza guerrera o el uso de la cítara placen ya, y hasta huye del trato de su mejor amigo –Garcilaso–; y conmina a la bella a no seguir los pasos de Anaxárate, cuyo desdén causó el suicidio de su pretendiente y fue por ello convertida en piedra por Venus, ni ser objeto de las iras de Némesis, la vengadora de los amores ultrajados.

A la misma época corresponde uno de los poemas más perfectos y bellos de Garcilaso, inspirado en el locus classicus iniciado por la elegía Rosae –"collige, virgo, rosas..."– del latino Ausonio, e inscrito en la línea del más horaciano carpe diem:

"En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende el corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre".




Último viaje a Toledo y muerte de Isabel Freire

En los primeros meses de 1534 viaja a Toledo, donde se halla el Emperador, siendo portador de alguna misión del virrey.

Soluciona diversos asuntos económicos.

Conoce la muerte de Isabel Freire, ocurrida unos meses antes, al dar a luz a su tercer hijo, y la dedica el soneto XXV.

A mediados de abril de 1534 abandona Toledo. Ya no volverá a pisar vivo el suelo que le vio nacer.



Égloga I

En mayo, estando ya en Nápoles, aborda la composición de la Égloga I, la segunda de las que compone, considerada la obra suprema de Garcilaso. Recrea elementos de las églogas virgilianas y resuenan los ecos de Petrarca, Ovidio, Ariosto y Sannazaro.



Barbarroja

En el verano de 153, Barbarroja ataca las costas de Italia. El Marqués de Villafranca, don Pedro de Toledo, envía a Garcilaso a dar informe de ello a Carlos V. El césar está en Palencia huyendo de la peste declarada en Valladolid.



Alcaide de Ríjoles

Entre tanto, el virrey escribe a Carlos V solicitando la plaza de Ríjoles (hoy Regio Calabria) para Garcilaso.

Regresa a Nápoles por tierra: en Avignon, donde está enterrada Laura, la "fiammeta" de Petrarca, visita su tumba. Escribe desde allí una epístola a Boscán donde habla de las malas condiciones del camino. Es la primera vez que se escribe en castellano una epístola horaciana en endecasílabos libres:

"¡Oh, cuán corrido estoy y arrepentido
de haberos alabado el tratamiento
del camino de Francia y las posadas!
Corrido de que ya por mentiroso
con razón me tendréis; arrepentido
de haber perdido el tiempo en alabaros
cosa tan digna ya de vituperio;
donde no hallaréis sino mentiras,
vinos acedos, camareras feas,
varletes codiciosos, malas postas,
gran paga, poco argén, largo camino"...


Garcilaso transporta las órdenes de Carlos V concernientes a la formación de una gran armada para atacar a Barbarroja en Túnez.

Se recibe la confirmación del nombramiento de Garcilaso como Alcaide de Ríjoles, pero dimite del cargo ocho meses después.

El virrey escribe al césar intercediendo por Garcilaso para que se detenga el proceso que éste ha abierto contra la Mesta por negarse a pagar los tributos de pasto en Badajoz, porque Garcilaso alega que no puede ocuparse de ello ya que está sirviendo al emperador en Italia. Carlos V se lo niega.



La campaña de Túnez

Se proclama la movilización general del imperio para la cruzada contra Barbarroja. Garcilaso participa en las tareas de reclutamiento y apresto de tropas. Hacia mayo hay reunido un ejército de 20.000 soldados. Carlos cuenta con la ayuda del Papa y de la Orden de San Juan y el rey portugués pero no con Enrique VIII de Inglaterra que formaba ya en la filas protestantes, ni de Francisco I, que envía un mensaje de aviso a Barbarroja.

Las tropas, 30.000 hombres en 300 galeones, mandadas por Andrea Doria, salen desde Cerdeña hacia tierra africana. Desembarcan cerca de las ruinas de Cartago.

Apenas transcurrida una semana, Garcilaso es herido en una escaramuza en la boca y en el brazo derecho. Garcilaso alude a ello en un soneto que allí escribe a Boscán:

"Y así, en la parte en que la diestra mano
gobierna, y en aquella que declara
los conceptos del alma, fui herido.
Mas yo haré que aquesta ofensa, cara
le cueste al ofensor, ya que estoy sano,
libre, desesperado y ofendido".


La consecuencia de las heridas son una cicatriz en el rostro y un defecto en el habla que Francisco de Herrera dice que impregnará su dicción de un dejo no exento de cierta gracia infantil.

Por fin se logra asaltar la Goleta. Se decide a continuación iniciar los preparativos para asaltar Túnez, a pesar de que el ejército estaba muy mermado después de casi dos meses de campaña. Los cautivos del interior se sublevan y abren las puertas a los invasores, que la toman la plaza con facilidad.

Recuperan las armas de don García, padre de Fernando Alvares de Toledo, muerto 25 años atrás en los Gelves.



"Ejercitando, por mi mal, tu oficio"

Los expedicionarios regresan a Trápani. Allí muere don Bernardino, el hermano menor del Duque de Alba. Garcilaso escribe una sentida elegía, donde expresa su desencanto de la vida militar:

"¿A quién ya de nosotros el exceso
de guerras, de peligros y destierro
no toca y no ha cansado el gran proceso?
¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro
del enemigo? ¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
¡De cuántos queda y quedará perdida
la casa, la mujer y la memoria,
y de otros la hacienda despendida!
¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria?
¿Algunos premios o agradecimientos?
Sabrálo quien leyere nuestra historia"...


También escribe una epístola a Boscán en la que denuncia la hipocresía de los aduladores del emperador, apunta su empeño en simultanear el ejercicio de las armas y las letras y expresa su temor de que su amante napolitana le haya olvidado:

"Oh crudo, oh riguroso, oh fiero Marte,
de túnica cubierto de diamante
y endurecido siempre en toda parte!,
¿Qué tiene que hacer el tierno amante
con tu dureza y áspero ejercicio,
llevado siempre del furor delante?
Ejercitando, por mi mal, tu oficio,
soy reducido a términos que muerte
será mi postrimero beneficio".


Hace una definición de su situación, entre las letras y las armas:

"Yo enderezo, señor, en fin, mi paso
por donde vos sabéis que su proceso
siempre ha llevado y lleva Garcilaso;
y así, en mitad de aqueste monte espeso
de las diversidades me sostengo,
no sin dificultad, mas no por eso
dejo las musas, antes torno y vengo
dellas al negociar, y variando,
con ellas dulcemente me entretengo.
Así se van las horas engañando,
así del duro afán y grave pena
estamos algún hora descansando".


Sobre el temor de que su amor napolitano le haya olvidado dice:

"Allí mi corazón tuvo su nido
un tiempo ya, mas no sé, triste, agora
o si estará ocupado o desparcido".


Por fin las tropas del Emperador llegan a Nápoles y son espléndidamente recibidos. Pero el dolce far niente dura poco porque Francisco I sitia Milán. Carlos V va a Roma a pedir la alianza del Papa pero sólo logra su palabra de neutralidad. En el camino, el fabulador Luis Zapata atribuye en su crónica de 40.000 versos un episodio legendario a Garcilaso. En Roma tiene lugar un célebre discurso de Carlos V ante el Papa y los grandes allí reunidos, en el que explica (en idioma castellano) su punto de vista respecto al conflicto con Francisco I.



1536: la Égloga III

Carlos y su ejército marchan hacia Milán y son recibidos con fiestas en Florencia. Allí debió de comenzar la Égloga III, que prosigue durante la campaña de Provenza.

"Entre las armas del sangriento Marte,
do apenas hay quien su furor contraste,
hurté de tiempo aquesta breve suma,
tomando ora la espada, ora la pluma"...


Su ánimo es ciertamente pesimista:

"Mas la fortuna, de mi mal no harta,
me aflige y de un trabajo en otro lleva;
ya de la patria, ya del bien me aparta,
ya de mi paciencia en mil maneras prueba".


La Égloga III trata de cuatro ninfas, que en la orilla del Tajo tejen sendos tapices: Filódoce (Orfeo y Eurídice), Dinámene (Apolo y Dafne), Climene (Adonis) y Nise (Isabel Freire). El paisaje de Toledo adquiere categoría de paisaje mitológico:

"Pintado el caudaloso río se vía,
que, en áspera estrecheza reducido,
un monte casi alrededor ceñía,
con ímpetu corriendo y con ruido;
querer cercarlo todo parecía
en su volver, mas era afán perdido;
dejábase correr, en fin, derecho,
contento de lo mucho que había hecho.
Estaba puesta en la sublime cumbre
del monte, y desde allí, por el sembrada,
aquella ilustre y clara pesadumbre
de antiguos edificios adornada"...


Pero en Florencia está apenas una semana. El emperador lo manda a Génova con un mensaje para Andrea Doria. Le lleva la comunicación de los planes del emperador, consistentes en que el grueso del ejército atacará por Italia y una parte entrará en Francia por Luxemburgo para distraer la atención de Francisco I y amenazarle París.

A su regreso junto al Emperador, Garcilaso es nombrado maestre de campo y capitán de un tercio de 3.000 soldados españoles, a los cuales marcha a esperar a Génova, pues vienen de Málaga en 25 galeras. El objetivo es conquistar Marsella para, desde allí, controlar el Mediterráneo. Garcilaso forma parte de las fuerzas que ponen asedio a Marsella, pero éste no llegará a realizarse. Después de un mes faltan las vituallas a causa de la estrategia de "tierra quemada" que aplican los franceses.

El último documento que tenemos de Garcilaso es una carta que envió el Duque de Alba al emperador –con Garcilaso de correo–, contándole la muerte del general Antonio Leyva. Cuatro días más tarde recibiría Garcilaso una herida de mortales consecuencias.



La muerte airada

Las circunstancias de la muerte de Garcilaso han sido objeto de distintas versiones, francesas unas y otras españolas, en general interesadas y patrioteras. La versión más verosímil es la que proporciona un testigo ocular, llamado Martín García Cereceda, arcabucero del ejército imperial. Éste es el relato literal:

«El martes que el Emperador salió de Gunfarón llegó a Muy, do se alojó con su corte y avanguardia. Aquí en Muy hay un muy estrecho paso, vecino a la puerta de la villa, y este paso es una pequeña puente pegada a una fuerte torre que era alta y redonda. Tenía pegado a sí esta torre un pequeño cuarto de casa, que también era fuerte, tanto o más que la torre. Aquí en esta torre había catorce personas, que eran doce hombres y dos muchachos. Estos estaban en esta torre encubiertos, que no se habían visto hasta que uno del palacio del Emperador, queriendo subir a la torre por una escalera que puso, los que en la torre estaban, lo dejaron subir hasta el segundo solar o bóveda, mas cuando quiso subir a lo más alto, donde ellos estaban, se puso uno dellos a la boca de la bóveda diciéndole que no subiese. Viendo esto el que subía, le demandó que quién eran los de la torre, y éste dijo que eran franceses y que no subiese allá. Viendo esto éste del palacio del Emperador, se abajó y lo hace saber al Emperador. Como esto fue sabido por el Emperador, manda que fuesen a saber qué gente eran, y así fueron ciertos caballeros; demandóles qué hacían allí: los caballeros les decían que se saliesen de la torre y que se fuesen a do fuese su voluntad, y ellos respondieron que no era su voluntad salir de la torre. Viendo esto el Emperador, quiso ver qué gente era y a qué estaba allí, y así mandó que con el artillería que con el avanguardia era arribada se diese batería a la torre y así se dio y se hizo un pequeño portillo en la torre. Como este portillo estaba hecho, don Jerónimo de Urrea, caballero español, con una mala escala arremetió a la torre y entró por el portillo dentro en la torre. Tras de don Jerónimo de Urrea quiso subir el capitán Maldonado y el maese de campo Garcilaso de la Vega, entre los cuales hubo alguna diferencia por la subida. A la hora llega don Guillén de Moncada, hijo de don Hugo de Moncada, diciendo: ‘Señores: suplicoos, pues vuestras mercedes tenéis tanta honra, que me dejéis ganar a mí una poca honra’. A la hora le respondió el capitán Maldonado diciendo: ‘Para tan valeroso caballero poca honra es ésta; suba vuestra merced’. Así fue la segunda persona don Guillén Moncada. Subiendo Garcilaso de la Vega y el capitán Maldonado, los que en la torre estaban dejan caer una gran gruesa piedra y da en la escalera y la rompe, y así cayó el maese de campo y capitán, y fue muy mal descalabrado el maese de campo en la cabeza, de lo cual murió a pocos días. Pues como dentro en la torre hubiesen entrado don Jerónimo de Urrea y don Guillén de Moncada, hablaron con los de la torre, diciéndoles tantas y tan buenas palabras, por lo cual uno de ellos seguido por una soga abajó a la bóveda donde estaban estos dos caballeros. Este que abajó había sido soldado de Fabricio Marramaldo, y éste se rendía con todos los otros a merced del Emperador. Como los otros lo sintieron no quisieron pasar por ello, y así tornaron de nuevo estos caballeros a rogalles que se rindiesen. Ellos dijeron que se rendían con condición que no les echasen en las galeras como los otros de las otras villas, y como esto oyesen aquestos dos caballeros, lo hacen saber al Emperador. El Emperador se lo concedió de no envialles en galeras como ellos demandaban, y así salieron de la torre. El Emperador los mandó dexaminar y que supiesen que eran de la villa de Muy y se habían subido allí hasta que el campo fuese pasado, y otras cossas que no eran de buenos soldados. Así el Emperador mandó que no los llevasen en galeras, más que aforcasen a los doce hombres, y que desorejasen a los muchachos. Así fueron ahorcados de una ventana de un palacio vecino de la torre. El día siguiente fue el Emperador a Frejus».

Trasladan a Garcilaso herido a Frejus, donde el ejército permanece cinco días; y posteriormente marchan a Niza donde alojan al herido en el palacio del duque de Saboya. Su agonía dura veinticinco días. El 13 ó 14 de octubre de 1536 Garcilaso muere en Niza.

Fue sepultado en la iglesia de Santo Domingo, de Niza.

Dos años después, a instancia de su viuda doña Elena de Zúñiga, será trasladado a Toledo, siendo depositado en el sepulcro de la capilla del Rosario de la iglesia conventual de San Pedro Mártir.




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